domingo 14 de marzo de 2010

Diario de un Emo (13). El autobús

Menos mal que la Susi me dejó pegarme una ducha en su casa. Lo único malo fue que ella y su novio estaban en el cuarto de baño, mirándome y riéndose de mi y de mi cuerpo escuchimizado. La verdad es que tengo pinta de mierdecilla pero yo no tengo la culpa. Reírse de los demás está muy mal. No paraban de decir no se qué de mi cacahuete y venga carcajadas... que yo sepa no tengo cacahuetes, pero igual se me había pegado una en el pelo o en las piernas. No sé. Me dio mucha vergüenza e intenté no llorar aunque no lo conseguí. Lo bueno es que con el agua de la ducha las lágrimas se disimularon y, por lo menos, dio la sensación de que aguantaba el tipo.
Luego llamé a mi padre para ver si podía volver a casa y entre gritos e insultos me dijo que si. Por lo visto la ley le obliga a acogerme por que soy menor de edad y no puede dejarme por ahí tirado como un perro sin que le acusen de algo. Que pena que me doy a mi mismo. La única manera que tiene de librarse de mi es que me muera. Cada vez que lo pienso me da un poco de miedo...
Había llovido (otra vez) y hacía un viento huracanado que me despeinó mi pelo de emo. En la parada del autobús levanté la mano tres veces para llamar a tres autobuses y ninguno me hizo caso. El cuarto paró, abrió la puerta y cuando el conductor me vio se echó a reír y cerró mientras me decía que en su autobús no subían "raritos". Al arrancar pisó un charco enorme y me salpicó de barro. Me eché hacia atrás y tropecé para caer justo encima de una boñiga de caballo. Supongo que sería de la policía, ahora les gusta ir a caballo y los caballos cagan mucho y por todas partes. Volví andando a casa. Sopapo al entrar cortesía de mi padre. Sopapo al intentar entrar en mi (ex) habitación por parte del universitario deportista y sopapo de mi madre aún no sé porqué. Imagino que por la costumbre y para seguir la corriente a los demás. Llamé a mis amigos emos y nos fuimos a tomar una infusión de menta con vainilla aromatizada con fresas silvestres. El camarero nos llamó maricas pero nos la sirvió aunque al doble de precio. Hablamos de lo desgraciados que somos y de la mierda de vida que tenemos. Miramos las ventanas del bar mientras la lluvia caía. Fue muy emotivo. Al menos hasta que llegaron unos punkies y se liaron a tortazos.

2 chaladuras:

Petrarca dijo...

Pobres emos. Alguien debería decirles que no por mirar la vida con un solo ojo va a ser la mitad de cruel. Criaturas...

JLin™ dijo...

Aaaay si que tienes razón, pero es que si abren los dos les da mucha pena y lloran.